Propuestas para una mejora ultrarracional de Pitis

La serie‘Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ son garbeos que parten cada vez de una estación de metro distinta, barriendo el plano por orden de líneas de norte a sur.

Y por fin llegamos a Pitis, evento garbeístico número 1. Durante años los garbeadores suplicaban saltarse nuestro metódico recorrido estación a estación por orden de líneas y venir directamente aquí, en la línea 7, ante la tajante negativa de Ano y su espíritu totalitario. Contaban las semanas que les separaban de Pitis y sumaban años. Una eternidad. Pero la perseverancia tiene recompensa, y por fin, desde que empezamos a garbear en noviembre de 2017 en la cabecera de la línea 1, Pinar de Chamartín, salimos de esta esperada boca del metro a encontrarnos con lo maravilloso.

Pitis tiene el potencial de los sitios turistificados. Brujas, Edimburgo, Toledo, etcétera: ciudades donde «las tascas se adornan con tres chucherías y un cortao con leche te cuesta la vía» . El visitante espera encontrarse con lugares para hacerse selfis y de propina se lleva mapitas con anuncios de McDonalds y figuritas de tiendas de suvenirs. Millones de personas estarían dispuestas a visitar Pitis si se lo ponemos fácil.

La cifra potencial de visitantes no es en absoluto exagerada. Pitis fue puesto en el mapa por Ramón «el Vanidoso», protagonista en 2007 de uno de los primeros vídeos virales de internet. Un programa televisivo de amarillismo para ninis lo encontró, resultando en una famosa entrevista en la boca de metro. Desde entonces millones de personas se han preguntado qué habría en Pitis, solo para olvidarlo después y seguir siendo actores pasivos de algoritmos y prensa.

Pero, ¿por qué Pitis?

En Pitis el visitante puede experienciar todo Madrid en apenas un kilómetro a la redonda. En primer lugar, la famosa cultura de tapas y cañas. A la salida de la estación nos reciben dos grandes edificios ferroviarios de época franquista. En apariencia de uso administrativo, tras uno de ellos, alejado de la vista del caminante casual, se esconde uno de los secretos mejor guardados de Madrid: la excelente terraza de la cervecería Anpe, ajena a los ruidos de la ciudad, y desde la que presenciamos la romántica estampa de los trenes llegando a la estación.

Tras la experiencia de la terracita madrileña podemos cruzar la calle y encontrarnos con la historia viva. Un símbolo de la España reciente se extiende a nuestra vista: un PAU de la burbuja inmobiliaria de los años 2000. Durante años no fue más que una retícula de carreteras y farolas con huecos en el medio, aunque en el último lustro ya se está poblando de edificios rectiníneos e impolutamente libres de sorpresas o detalles sobre los que dejar caer la vista y la imaginación. Adentrarse en él es una experiencia inmersiva en la que el visitante conocerá el desasosiego, la insignificancia y la asfixia de pensamiento que este entorno urbano produce sobre sus habitantes.

La dura vivencia queda aliviada después al adentrarse en el barrio del Pilar, de periodo toldoverdiano tardío, donde el visitante podrá cruzarse con paseantes locales, degustar vinos peleones y sentir la calidez humana del Madrid callejero, solo rota por la ubicuidad de los automóviles.

Tras estos tres aperitivos turísticos podemos pasar al momento que el visitante estaba esperando. Volvemos a las inmediaciones de la estación, donde nos topamos con un infranqueable combo de vías y autopistas que ponen límite a la ciudad por este lado. Pero es infranqueable solo en apariencia: aquí y allí encontraremos túneles y pasos donde ir más allá. Al cruzarlos podremos lanzar una original mirada a las infraestructuras que normalmente solo somos usuarios: construcciones de hormigón y practicidad por encima de cualquir sentido estético, que sin embargo se vuelven bellas por los efectos combinados del ser humano y la naturaleza, y que suelen dar cobijo a formas distintas de experimentar la ciudad. Si su uso normativo es lo visible de la ciudad, su uso heteronormativo expone lo oculto.

Esta breve transición es lo único que media en el brutal constraste entre la urbe y el campo con el que nos econtramos inmediatamente. Abrupto fin para una gran ciudad, que normalmente extiende sus tentáculos en industrias y aburridas barriadas para aspirantes a clasemedianos durante cientos de kilómetros. Si bien el cambio de paisaje es cortante, estamos ante campo habitado: cortijos y complejos urbanísticos de autoconstrucción se expanden aleatoriamente alrededor, fabricados con toda suerte de materiales reciclados, en un baile de colores y formas que recuerdan a alguna película de ciencia ficción. Los montículos naturales del terreno, además, nos ofrecen otro de los secretos mejor guardados de Pitis: las mejores vistas de Madrid. Bucólico lugar por el que Ramón llegó a Pitis, y la mejor ubicación para abrir una tienda de suvenirs, poner un mirador con unos prismáticos de monedas o un chiringuito con tapas prefabricadas.

Colmadas las expectativas del turista, toca decir adiós a Pitis y volver al barrio Salamanca, de donde nunca debimos salir.


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