Propuestas para una mejora ultrarracional de Prosperidad

Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ es un garbeo semanal que parte cada martes de una estación de metro distinta, barriendo el plano por orden de líneas y de norte a sur. Cada garbeo consiste en caminar por donde nos venga en gana y una visita a un bar local. En ellos conocemos al Pueblo en su salsa, interactuamos con él, cantamos a favor de la labadora, etc.

Prosperidad es un pequeño barrio situado en Chamartín que linda al sur con el señorial distrito Salamanca, esa cuadriculada maraña en la que las marcas más exclusivas exponen impunemente su Grasa en enormes escaparates, y al oeste con El Viso, suntuosa colonia al borde de la Castellana en la que viven grandes próceres de la patria, como Florentino I de España o la muy feminista Ana Botín. Al norte y al este se encuentran las viviendas unifamiliares de Ciudad Jardín, ya exploradas en anteriores garbeos, además de nuestra querida M-30, que tantas alegrías nos ha dado últimamente. La Prospe, como se conoce coloquialmente al barrio, creció a la vera del Ensanche de Madrid; mientras los obreros madrileños empedraban las amplias y rectas avenidas de Salamanca, los aldeanos recién llegados a la capital establecían sus chamizos y sus huertas unos metros más al norte, al borde de la carretera hacia Hortaleza. Desde entonces, éste énclave proletario rodeado de lujo ha estado en numerosas ocasiones a la vanguardia cultural, como cuando en el Ateneo Politécnico y el bar Rock-Ola se empezó a fraguar lo que más tarde sería la Movida Madrileña. Con intención de descubrir si sigue desbordando tanta creatividad como entonces, la comitiva ultrarracional de mejoras urbanísticas se acercó este pasado martes a la parada de metro de Prosperidad para finalizar nuestro recorrido por la linea 4.

Hermoso polisíndeton.

Nuestra primera impresión es bastante positiva: La Prospe parece estar en pleno proceso de gentrificación. La configuración de los edificios ayuda bastante, con coloridas fachadas de gotelé que recuerdan a los de zonas más centricas de la ciudad que ya han pasado por el proceso gentrificador al completo.

Avanzamos muy lentamente, ya que nos detenemos para fotografiar prácticamente todos los locales comerciales que nos vamos encontrando. Parecemos una cuadrilla de niños pequeños en una piscina de bolas.

Estos maniquís cumplen con los estándares de diversidad requeridos para la modernización progresiva del barrio: dos negros y dos mujeres.
¿Por que hacerte una ecografía estándar cuando puedes hacerla sensorial?
La mesita de noche de todo español de bien.
No amigas, no estamos en Malasaña.

Paseamos por los lugares más recónditos de Prosperidad y nos acabamos de convencer que nuestra presencia, por suerte, no es necesaria allí. Es cuestión de tiempo que empiecen a proliferar las tiendas de muffins. De todos modos, no estamos completamente convencidas: de momento aquí no se ha sufrido el clásico proceso de abandono y estigmatización del barrio que precede a la llegada de la clase creativa, primer paso en todo proceso de gentrificación. Para asegurarnos de que todo marcha bien, nuestra propuesta es establecer un par de narcopisos que degraden la zona lo máximo posible. De esta forma, el precio de la vivienda descenderá inexorablemente, y los clasemedianos de las zonas pudientes que rodean Prosperidad podrán comprar pisitos a precio de saldo en los que vivirán sus hijos porretas estudiantes de Humanidades. Éstos dotarán al barrio de una estética cool, además de revitalizar la economía con sus compras de marihuana.

Tras mucho caminar, llegamos a la plaza principal, donde se encuentra el Auditorio Nacional de Música. Allí Raspilla nos conmina a que le hagamos una foto en la que es sin duda una de las bocas de metro más bellas de la ciudad.

¡Nos estamos haciendo spoilers de la linea 9!
Imperator posa enfrente de un monumento supuestamente dedicado al ajedrez.

Estamos enfrente de la avenida Principe de Vergara, así que en vez de cruzar la carretera y ir a parar a los aburridos chalets de El Viso, decidimos dar media vuelta y seguir explorando la zona. Observamos que existe una fuerte tendencia autárquica en el barrio y se fomenta el comercio de proximidad. Los vecinos de la Prospe desafían así a la ortodoxia económica, según la cual deberían abrirse al comercio con sus vecinos ricos para crecer a un ritmo del 3% anual. Ellos sabrán.

¡Pero bueno! ¿Es es que nadie va a pensar en el pobre Jeff Bezos?
Comprando tu bicicleta aquí estás provocando el despido de treinta obreros chinos y siete transportistas de Amazon. Tú misma, querida lectora.

También nos encontramos con algún emprendedor imaginativo, decidido a explorar nuevos nichos de mercado aún vírgenes.

Un poco inquietante que hagan estas cosas con niños, la verdad.

En el edificio contiguo nos encontramos con dos mensajes dadaistas pegados a la pared. Llama la atención el contraste entre simbolismo del primero y la crudeza del segundo.

Si teníamos dudas de que los habitantes del barrio fuesen aptos para llevar a cabo el proceso de gentrificación, éstas se disipan tras el despliegue de imaginación que nos hemos encontrado en nuestro garbeo.

Esta vaca custodia un estudio publicitario en el que dos chicas trabajan hasta altas horas, lo que les vale una reprobación por nuestra parte. ¡Abajo el trabajo!

Avanzamos unas calles más y se hace el silencio. Los edificios dan paso a pequeñas parcelas unifamiliares, los árboles pueblan la calzada y en algunas viviendas las vides llenas de uvas cubren los portales. Las bucólicas calles peatonales tienen nombres tan rimbombantes como Cabeza de Reina o Risco del Pájaro. ¿Donde hemos ido a parar?

Este fiero gato custodiaba la entrada a la zona residencial, pero bastó que Tertuliana le acariciase un par de veces el lomo para que nos dejase pasar.

Decidimos dar por terminado el garbeo e ir a un bar, pero nos hemos adentrado demasiado en este escenario de cuento de los hermanos Grimm, y no encontramos nada que se le parezca. Tras una buena caminata encontramos una cervecería, pero no tienen braviolis y además es bastante caro, así que nos adentramos de nuevo en lo más recóndito del barrio. Tras dar muchas vueltas, por fin encontramos un sitio que se ajusta a nuestras expectativas: una barra llena de cadáveres de peces en salmuera, parroquianos de avanzada edad tomándose un güisqui, cierto grado de desorden y mucha, mucha grasa. Nos da pena que la gentrificación que nosotras mismas promovemos pueda acabar con los bares Manolo, pero brindamos por que éstos se conviertan en el único reducto de tradición que sobreviva a la ola globalizadora. La linea 5 nos espera.

Además de disfrutar de las bravioli, el señor de la mesa de al lado nos deleitó con una magnífica clase de inglés. ¿Que más podemos pedir?

¡Habla, Pueblo, habla!