Propuestas para una mejora ultrarracional de Puerta del Ángel

Cruzamos la Puerta del Ángel y es verano. Cae la tarde, la ciudad es una estufa de cemento y asfalto. Tenemos una misión: encontrar la morada del Puritanus Maximus, situada tras el camino que protegen los cuatro guardianes de la moral.

Emprendemos la marcha. Observamos la belleza del Toldo Verde (y de otros colores), que está en flor es esta época del año, sin atrevernos a mirar el alma corrupta de sus defensores. Llegamos hasta el río, que nos conducirá hasta nuestro destino. Aprovechamos para hacernos algunas fotos y lo seguimos contracorriente.

Pronto avisamos un gran nodo de comunicaciones. Corta el terreno en dos. Tras él se esconde el primero de los guardianes de la moral: les intelectuales. Separados del resto de la humanidad por ese quiebro en el espacio, somos conscientes de su presencia porque lo dejan todo perdido con sus argumentaciones retorcidas con las que justifican sus convicciones.

Detritos argumentales abandonados por les intelectuales.

Les yonkis de la ideología están siempre dispuestos a cogerte por banda y darte una turra sin fin. Lo peligroso es darles la voz y permitir que se dirijan a ti, por lo que atravesamos el lugar con la cabeza gacha, sin mirarles a los ojos. Embelesados en sus propias chapas no reparan en nosotres. Tampoco prestamos atención a sus palabras, que sabemos melodiosas pero siempre engañinas: su agradable armonía penetra hasta en el corazón de la persona más sabia para hacerla enloquecer.

Así, ciegues, sordes y mudes, conseguimos superar la prueba. Inmediatamente después nos encontramos de bruces con el lugar donde yacen 43 patriotas que tuvieron menos fortuna.

Tras ello se muestra ante nosotres un satanito que homenajea a Goya e indica cómo atravesar la brecha intelectual y alcanzar el río de nuevo.

Continuamos caminando río arriba. Al caer la noche llegamos a la Casa Turistificada. Paramos enfrente, donde nos sirven unas exquisitas viandas y licores. El calor ha remitido y la temperatura es perfecta. Somos guapes y jóvenes. Qué pasada.

Tras varias vueltas del reloj nos damos cuenta de que estamos cayendo en la trampa de los segundos guardianes de la moral, los influencers. Entre frasecitas inspiracionales e imágenes del «buen vivir», nos estamos creciendo en nuestra propia mismitud. Hay que renegar de la cañita en la terraza, del biempensar y el bienquedar para continuar. Bien. No podemos saber si los nazis eran realmente malos, porque nuestro conocimiento sobre ellos está mediado por la inmensa propaganda de sus vencedores. Ya podemos levantarnos y continuar nuestra empresa.

El río nos sigue haciendo de guía, pero ahora se ha vuelto camino de rectitud. No hay posibilidad de desviarse de él: a la izquierda el alto muro de la beatería y a la derecha las aguas malolientes de la moral institucional nos atrapan. Atravesarlas es la prueba del tercer guardián, les oligócratas económiques y mediátiques.

Por fortuna, la moral del poder es la más fácilmente identificable. Toda moral tiene sus brechas en cuanto se vuelve autocomplaciente, pero también el castigo a quienes la transgreden es mayor. Aquí y allí encontramos pequeñas vías para atravesar sus aguas putrefactas, aunque la mayoría son difícilmente practicables.

Primero lo intentamos por una tubería que exige hacer equilibrismos peligrosos. Al poner un pie en ella sentimos cómo la ciénaga se levanta hacia nosotres. Es solo una ilusión, pero nos aügura un final funesto. No, seguiremos adhiriéndonos a la rectitud… de momento.

Más adelante encontramos un nuevo pasaje. Una alambrada impide el acceso, de manera que el hombre recto solo pueda seguir su curso. Pero nuestra determinación es tenaz. Atravesamos la valla y unas escaleras nos llevan a una plataforma roscosa que separa las aguas.

En este momento nos quedamos atrapades en nuestra propia transgresión: debemos completarla atravesando un difícil obstáculo de espinos y vallas. No sin poco esfuerzo lo superamos, llevándonos las inevitables magulladuras y arañazos que supone enfrentarse al poder. Pero tenemos suerte: podía haber sido peor.

Tras superar esta tercera prueba llega el desconcierto. Estamos en caminos intransitados, sin una guía que seguir. Solo las aguas de la moral que hemos dejado atrás marcan un límite. Sentimos la pérdida de la moral como una pérdida de destino vital: como el pepero que se da cuenta que su partido es corrupto, como el católico que se da cuenta que Dios no existe, como la feminista que se da cuenta que la chica de la manada miente. ¿A dónde dirigirse tras esas revelaciones? ¿Vamos atrás a lamer los detritos argumentales de los intelectuales del dogma para quedarnos protegidites en la tribu?

NO.

Así que continuamos hacia el norte.

Pronto llegamos a un punto muerto y quedamos atrapades entre el río y una autopista. Tenemos que sortearla, pero ¿cómo? Los automóviles la recorren veloces, cada uno de ellos con un representante del último guardián de la moral: el Pueblo. Sus máquinas compiten en varios aspectos desagradables, como fealdad y velocidad, y prometen despedazarnos al menor contacto físico o mental. Su sola presencia supone la degradación máxima del espíritu humano.

Superada la última prueba nos topamos de frente con la morada del Puritanus Maximus. Él y su camarilla de Beatas Genuflexoras salen a recibirnos entonando alegres canciones ideologizantes, biempensantes, acordes al orden del discurso y coreadas por el Pueblo. Corretean bajo nuestros pies, arrástrándose por el suelo y chupando cadáveres putrefactos.

Es un momento terrible e hilarante. Nuestra misión era demostrar ante el público que la moral está dirigida por seres abyectos. Pero hemos hecho todo este camino para comprobar que esos seres ya se presentan directamente como lo que son, cucarachas, sin que ello les granjee la enemistad de sus subordinades. ¿Qué sentido tiene que nosotres, simples ultrarracionalistas enfrentades con intelectuales, influencers, poderes fácticos y Pueblo, lo demostremos? Ninguno. Nos ha guiado hasta aquí un impulso narcisista e ingenuo. Queda reconocerlo, saludar a las vencedoras y retirarnos a mecer por los acontecimientos mundanos. Nos comemos un helado y con él ponemos punto final a este escrito moralizante.


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