Ronda de noche

Este texto forma parte de la serie de relatos neonormales por entregas que publicaremos de forma aleatoria e impredecible.

Ilustración por Pablo Orza.

¡BUM!

A pesar de su estado de ensimismamiento, Raúl no pudo evitar el sobresalto. Quizá haya sido una rama que, arrancada por la lluvia, se ha desplomado sobre una superficie metálica, o tal vez un gato, o cualquier otro animal, que haya cerrado sin querer la tapa de un contenedor, aunque la única muestra de fauna que había podido contemplar desde que salió de casa se componía de unos pocos caracoles. Sin llegar a averiguar qué había producido el estruendo, se alejó del lugar sin volver a pensar en ello. Estaba disfrutando intensamente del paseo y un estrépito inesperado no era capaz de alterarle.

Cuando salió de casa, un par de horas antes, sí que se sentía aprensivo. Su exnovia, Patricia, siempre se reía de él por su carácter apocado. Siempre le citaba un verso de una canción de un odioso grupo de pop que rezaba ¡Vamos huevón que te comen la merienda! al que acompañaba de una desdeñosa sonrisa de satisfacción, consciente de la rabia que desprendía. Tal vez fuese este carácter acoquinado el que influyera en la decisión de abandonarle unos meses atrás, justo antes de que estallara la crisis del coronavirus y el Gobierno publicara el decreto según el cual obligaba a los ciudadanos a permanecer recluidos en casa. Por esta razón, los primeros días del confinamiento, los más restrictivos, fueron más duros para Raúl que para la gran mayoría de la población, pero en un periodo relativamente corto le acabó cogiendo el gusto a la soledad y hasta se convenció de que el confinamiento hubiera sido una penitencia insoportable si hubiera tenido que aguantar a Patricia y su fastidioso sarcasmo durante veinticuatro horas al día siete días a la semana.

Pronto se dio cuenta de que era un privilegiado: no tenía que compartir piso, este era amplio y luminoso y no tenía que sufrir pensando en cómo pagar el alquiler, ya que su familia se lo cedió en usufructo hasta que acabara sus estudios tras la muerte de sus abuelos. Y ahora que se había ido Patricia, una vez las cosas volvieran a la normalidad podría usarlo como picadero. Encontró en la dedicación a sus estudios (ingeniería de telecomunicaciones) un modo de superar la depresión y los días, que de esta manera fueron pasando sin apenas hacerse notar. Además, mientras el paro se disparaba, él, merced a un profesor que notó una mejora considerable en el desempeño de los trabajos que le asignaba telemáticamente, consiguió un empleo no especialmente bien remunerado pero sencillo, que podía hacer desde casa, no le robaba mucho tiempo y le ayudaría a engrosar el currículum, consistente en intentar encontrar fallos de diseño, rendimiento y seguridad en una serie de aplicaciones de rastreo de individuos para una gran empresa que pretendía enriquecerse (aún más) ofreciendo sus servicios, en un principio, al Ministerio de Sanidad, y una vez asentado, a Interior, Defensa, y empresas privadas de diversa índole. La empresa también se percató del esfuerzo y dedicación de Raúl, y le comunicaron que lo tendrían en cuenta. Raúl sentía que le esperaba un brillante porvenir.

Tal fue la satisfacción que encontró Raúl en el trabajo y la soledad que evitó las salidas en la medida de lo posible una vez las medidas de confinamiento se relajaron a principios de mayo, asqueado por las masas de gente que veía desde su ventana abarrotando las calles como en una especie de carnaval de mercadillo. Temió estar desarrollando alguna especie de agorafobia, por lo que se prometió que se obligaría a salir, aunque decidió esperar a que las circunstancias fueran más propicias.

No obstante, los meses pasaron y los periodos de reclusión absoluta se alternaban con periodos en los que las multitudes abarrotaban las calles, por lo que, cansado de esperar, finalmente se arrojó a salir a dar una vuelta aquella madrugada. Pensó que en una noche de lluvia habría aún menos policía vigilando de lo habitual, e incluso dudaba de que se molestaran en patrullar de noche. Lo cierto es que las noticias que indignaron a la opinión pública sobre botellones y fiestas clandestinas durante el primer intento de relajación del confinamiento no volvieron a repetirse, debido seguramente al cambio de legislación, que pasó a considerar delito grave con consecuencias penales la permanencia en los espacios públicos sin el salvoconducto correspondiente. No en vano, ya se había proclamado el estado de sitio.

A pesar de ello, Raúl estaba seguro de que era prácticamente imposible toparse con la policía, hacía meses que medidas tan drásticas habían doblegado la voluntad de los más indómitos; los conatos de protesta fueron reprimidos con contundencia. Raúl estaba convencido de que semejante clima había conseguido relajar la vigilancia del Estado sobre los ciudadanos. Además, la aplicación de rastreo que él mismo estaba ayudando a desarrollar había resultado un éxito, aunque la oposición logró in extremis que solo se aplicara a los sospechosos de contagio. De todas formas, Raúl dejó el móvil en casa por si acaso. Tampoco se puso mascarilla, primero porque no lo consideró necesario, y segundo porque ni siquiera tenía, no se había molestado en ir a recoger una en las diferentes campañas de reparto promovidas por las autoridades. Por último, Raúl confiaba en la humanidad de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, después de todo llevaba meses saliendo de casa exclusivamente para hacer la compra, ¿y qué le importaría al agente de turno que deambulara solo por la calle lloviendo y de noche para desahogarse un poco, a quién podría perjudicar?

Si acaso, le podría preocupar la información que se irradiaba desde ciertas páginas web de contenido político extremista, si fuera capaz de tomárselas mínimamente en serio. Desde dichas páginas se denunciaba la actuación de vecinos, que, ya fuera en grupos parapoliciales o como lobos solitarios, se dedicarían a impartir justicia por los barrios castigando a los infractores, con la connivencia de la policía y el ejército. Estos artículos provocaban hilaridad y mofa en las redes sociales, y Raúl no constituyó una excepción.

Examinando el conjunto, el ciudadano más valiente hubiera considerado prudente reconsiderar su plan y quedarse en casa, pero la cautela excesiva con la que Raúl se había conducido tradicionalmente por la vida contribuyó irónicamente a su determinación, impelido por la voluntad de sacudirse su timidez de una vez por todas. Así que, tomando una bocanada de aire, Raúl cruzó el Rubicón y atravesó la puerta.

No hicieron falta más de diez minutos para que se convenciera de lo acertado de su decisión. Tras cruzar la enorme rotonda que tenía que atravesar para llegar a la colonia de los edificios separados por parterres (ideal para que los violadores acecharan a las chicas, le solía decir Patricia, pero también donde poder pasear sin estar pendiente de que le abordase ninguna patrulla por la carretera) se convenció de que estaba solo en la calle, probablemente en toda la ciudad. Tampoco percibió el más mínimo movimiento en los edificios circundantes.

La noche era excepcional, y aunque llovía con intensidad moderada, de vez en cuando un claro dejaba asomar la luna llena, que brillaba tanto que parecía de día. En ese momento, pensó, su humilde barrio del extrarradio no tenía nada que envidiarle a París o Praga, nunca lo había visto tan hermoso, era mágico.

Sin casi darse cuenta, llegó a un parque bastante alejado de lo que habría considerado prudente cuando salió de casa, en el que había un mirador desde donde podía divisar un panorama compuesto por una autopista, torres de comunicación y de oficinas, un polideportivo, un par de monumentos del siglo XIX, una iglesia y un instituto. Allí permaneció durante bastante tiempo en una especie de trance, que tras un periodo de reclusión tan largo se acercaba a la euforia. Cuando vio que por la autopista comenzaban a aparecer los primeros vehículos que se dirigían a su trabajo a primerísima hora de la mañana, decidió volver a casa. Volvió a paso lento, completamente satisfecho y tranquilo, lo único que lamentó fue haberse dejado las gafas, así podría haber disfrutado aún más de las vistas.

El golpe que oyó mientras volvía no le alteró, pero justo cuando le quedaban unas pocas decenas de metros para llegar a su casa le dio un vuelco el corazón: se encontró de frente con las luces azules de la policía. Tan solo le faltaba dejar atrás un par de portales y doblar la esquina para llegar a su bloque, pero tenía que cruzar la calle por la que se aproximaba el coche patrulla. Pensó que le daba tiempo a hacerlo sin que le advirtieran, así que raudo pero con cautela cruzó la calle y aplastó su cuerpo contra la puerta del primer portal tras el paso de peatones, ocultándose en el alfeizar.

Afortunadamente la policía dobló la calle en dirección opuesta. Aliviado, no supo decir si le habían llegado a ver o no. Pensó que a lo mejor la policía tenía cosas mejores que hacer que detener a nadie a esas horas bajo la lluvia, y saboreando su triunfo exclamó en voz baja mientras disfrutaba de la visión del coche patrulla alejándose: «¡Que os jodan!». En ese momento notó cómo se abría la puerta del portal y sin darle tiempo para reaccionar un brazo robusto le arrastró hacia el interior. No pudo emitir el menor lamento antes de que una mano enorme le tapara la boca.

Le despertó un barreñazo de agua; se encontró amarrado a una silla y amordazado. No supo cómo ni cuándo había perdido el conocimiento, pero se sentía inflamado y dolorido. Aunque no podía ver del todo bien, advirtió que se encontraba en una habitación sin ventanas, más alta que ancha, iluminada por una lámpara halógena, repleta de cajas y herramientas: un trastero sin duda.

Delante de Raúl se encontraba un individuo fornido, de una talla superior a la media y expresión ni inteligente ni afable, ataviado únicamente con una camiseta imperio, ropa interior y calcetines con chancletas, una auténtica bestia. Además blandía una barra como las que se usan para armar vigas de hormigón, empapada en sangre, que Raúl adivinó suya.

—¿Qué hacías ahí fuera? —espetó a Raúl enseguida.

—¿Qui… quién es usted, dónde estoy, qué quiere de mí? —acertó a titubear Raúl antes de recibir un barrazo en el hombro, evitando la cabeza sin duda para que no se volviese a quedar inconsciente.

—¡Aquí el que hago las preguntas soy yo! —respondió furioso la bestia.

—So… solo estaba dando una vuelta —contestó Raúl entre estertores.

—¿A estas horas, bajo la lluvia? —gritó el hombre.

—¡Se lo juro! —Raúl lloraba.

El individuo salió del trastero sin pronunciar una palabra más. A pesar de su agonía, Raúl conservaba suficiente sentido del humor como para que se le pasara por la cabeza que hubiera sido apropiado que su captor vistiera algún tipo de máscara como en las películas de miedo baratas. Al poco, la bestia volvió acompañado de otro individuo, mayor, mucho más delgado, con bata de doctor y con expresión mucho más taimada.

—¿A usted le parece normal salir a pasear con la epidemia que estamos sufriendo? ¿Es que quiere propagar del virus? —increpó a Raúl mientras atravesaba la puerta.

—No pensé que caminar solo de noche contribuyera a propagar el virus en ningún modo… —Hilvanar esta frase supuso a Raúl un esfuerzo considerable.

—Así que creías que caminar de noche no supone ningún riesgo, ¿verdad? Bueno, ¿tú es que te crees que los demás estamos encerrados en casa por gusto? ¿Qué pasaría si todos hiciéramos lo que nos diera la gana? ¿Te crees más listo que nadie? —El individuo con pinta de bestia acompañó la última palabra del hombre de la bata con un golpe de barra en el costado izquierdo de Raúl—. Si no fuera por la gente egoísta e irresponsable como tú, hace tiempo que habríamos superado la epidemia, y no hubieran tenido que morir millones de inocentes, que para ti a lo mejor esos números no significan nada, pero que para algunos han supuesto una pérdida muy vívida y palpable. —Hizo una pausa para lanzar una mirada de odio a Raúl no exenta de cinismo—. ¿Sabes? Aquí mi vecino Ambrosio —señalando al bruto— perdió a su hija tras una lucha de dos semanas con la enfermedad. Solo tenía dieciséis años, y toda la vida por delante. Era muy hermosa. Ambrosio todavía guarda su cuerpo, ¿quieres verlo?

Ambrosio salió de la habitación, y Raúl, que tenía los sentidos demasiado ocupados como para cuestionar que una persona de dieciséis años pudiera convertirse en víctima mortal de coronavirus, pudo escuchar cómo abría la cerradura del trastero contiguo. Un hedor dulzón saturó el ambiente, y al poco Ambrosio volvió arrastrando un cadáver.

—¡Mírala! —gritó el hombre de la bata—. ¿No es la cosa más hermosa que has contemplado en tu vida?

A pesar de las arcadas que sentía, Raúl no pudo evitar echar una rápida mirada a los despojos que Ambrosio había transportado a la estancia. El cadáver que se extendía ante él definitivamente no pertenecía a una persona de dieciséis años en la fecha de su deceso: se trataba de una mujer anciana, repleta de arrugas y con unos senos como cueros revenidos.

A juzgar por su olor, aspecto y tumefacción, no parecía que el fallecimiento se hubiese producido en una fecha cercana. Unas manchas recorrían lo que le quedaba de piel.

—Esta criatura murió sin conocer el amor, pero tal vez tú puedas ayudarla —continuó el hombre de la bata—. Si le haces el amor te dejaremos salir de aquí con vida.

Sin esperar a las protestas de Raúl, Ambrosio le agarró, le desnudó, y le arrojó encima del cadáver. Ambrosio empujaba y golpeaba a Raúl mientras el hombre de la bata abría las piernas del fiambre.

—¡Vamos, dale besos! —Cada vez que Raúl desobedecía las órdenes Ambrosio le infligía golpes con la barra.

—¡No, por favor! —suplicaba Raúl. Retorciéndose sobre la carne putrefacta, se percató de que las manchas sobre la piel eran en realidad una especie de bubas negras, de las que brotaban colonias de larvas y gusanos. La presencia de bubas hubiera confirmado a Raúl las sospechas de que ese cadáver no tenía nada que ver con el coronavirus, si no hubiera estado ocupado vomitando. Esto hinchió de indignación a los dos hombres, que con gran violencia, separaron a Raúl del cuerpo.

—¡Así que eres tan egoísta que no estás dispuesto a dar tu amor a una pobre víctima! ¡Si no eres capaz de amar entonces esto no te vale para nada!

El hombre de la bata agarró por los testículos a Raúl. Con un gesto indicó a Ambrosio que se los extirpara, y aunque en un primer momento intentó arrancarlos de cuajo, tuvo que ayudarse de una sierra que se encontraba entre las herramientas desperdigadas por el trastero para finalizar el trabajo. Una vez acabado, y aunque Raúl ya estaba medio muerto, oyó a Ambrosio exclamar:

—¡Se me ocurre una idea! ¿Por qué no se los hacemos comer? ¡O mejor! ¿Por qué no se los metemos por el culo?

El hombre de la bata replicó:

—Bueno, tenemos dos, ¿es que hay que elegir?

Raúl se despertó amoratado en una cama que no era la suya, se echó las manos a la entrepierna y descubrió con horror que no se había tratado de una pesadilla. En donde deberían encontrarse los testículos se encontraba una sutura quirúrgica. Parecía que el hombre de la bata estaba esperando a que se despertara, porque apareció en la habitación en cuanto Raúl empezó a emitir los primeros lamentos.

—Buenos días. Te traigo buenas noticias. Hemos decidido dejarte salir de aquí con vida. Enseguida podrás incorporarte. Eso sí, mientras te recuperas del todo, no te importará que de vez en cuando sazone la herida con un poco de sal, ¿verdad? Lo siento, es que el tipo de persona que representas nos provoca un profundo desprecio. —Tras lo cual Ambrosio entró en la habitación para agarrar a Raúl de los brazos mientras el hombre de la bata sacaba de su bolsillo un salero. Tras la tortura y antes de despedirse, el hombre de la bata se dirigió a Raúl y le preguntó—: Por cierto, ¿cómo te gustaron más las criadillas, de tapa o en supositorio?

Durante el periodo de convalecencia, no le permitieron acceder a ningún inodoro ni orinal (no digamos ya a los servicios de una enfermera), por lo que tuvo que hacer sus necesidades, arrastrándose, en las esquinas de la habitación, donde ya existían deposiciones anteriores a las suyas. Tampoco le dieron de comer, por lo que tampoco se tuvo que preocupar mucho por lo anterior. Raúl pasó aquel periodo intentándose consolar, pensando en que los requirentes placeres del sexo no volverían a interferir en su trabajo, si bien le contrarió no poder llevar a cabo su plan de transformar su apartamento en un picadero.

Tras un periodo de tiempo indeterminado, en un momento dado Ambrosio entró en la habitación y tras asearle con una esponja y un barreño y vestirle con ropas de su talla, le agarró, bajó las escaleras y le arrojó a la calle por el mismo portal en donde le había atrapado. Se despidió con un: «¡Adiós, y ay de ti como me cruce contigo en el supermercado!». Era de día. Raúl caminaba con dificultad, solo unos metros le separaban de su casa. A pesar de todo, se sentía feliz de que por fin todo hubiera acabado, pero antes de llegar le sorprendió una patrulla.

—¡A ver, documentación y su salvoconducto!

Un doble arcoíris brillaba sobre la ciudad.

 

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