Propuestas para una mejora ultrarracional de San Lorenzo

Propuestas para una mejora ultrarracional de la ciudad de Madrid‘ es un garbeo semanal que parte cada martes de una estación de metro distinta, barriendo el plano por orden de líneas y de norte a sur. Cada garbeo consiste en caminar por donde nos venga en gana y una visita a un bar local. En ellos conocemos al Pueblo en su salsa, interactuamos con él, cantamos a favor de la labadora, etc.

 

Este martes la comitiva de mejora urbanística ultrarracional se enfrentaba al reto de seguir encontrando lugares inexplorados del distrito de Hortaleza, que nos da la impresión de haber recorrido ya por completo en las últimas semanas. Al bajar del metro, efectivamente, todo nos resulta familiar.

Primera propuesta de la tarde: que las estaciones de metro estén más separadas para no entorpecer nuestra labor.

A pesar de todo damos una vuelta en busca de un helado con el que sobreponernos a la ola de calor y de nuevas estampas que rompan la monotonía de nuestra tarde de martes.

Encontramos este edificio, último baluarte del Toldo Verde, aislado en un entorno hostil de toldos de rayas blancas y marrones: ¡vecinas, resistan!

Observamos que todas las calles tienen, acordes con el espíritu del feminismo de cuarta ola, nombres de santas.

Más concretamente, todas las calles son la calle de Santa Susana, que se cruza una y otra vez consigo misma.
Estos señores llevan esperando aquí a sus amiguis desde que tenían veinte años: quedaron en la esquina de Santa Susana con Santa Susana para ir a los recreativos y todavía no han logrado reunirse.

Después de constatar que, como la semana pasada, nos va a ser imposible encontrar cosas en esta zona que no hayamos visto ya, nos vemos obligadas de nuevo a aventurarnos más allá de la autopista.

Cruzamos el puente hacia el futuro.
Señora se resguarda con su paraguas morado de las arrebatadoras vistas del skyline madrileño.
Donde nacen y vienen a morir los autobuses de la EMT.
Rascacielos, ferrovías y descampado: ¿nos hemos muerto y estamos en el cielo?

Llegamos a Sanchinarro y el contraste con el barrio que acabamos de dejar es dramático.

No al ladrillo visto, sí al hormigón.
Los parques infantiles vienen equipados con una butaca para que un terapeuta pueda ofrecer sus servicios a los infantes que lo necesiten.
Eso sí: nos alegra comprobar que el movimiento Feministas con Esperanza Aguirre también ha llegado a Sanchinarro.
Vecino descamisado pasa como puede el bochorno vespertino.
En este edificio el derecho a balcón va rotando entre los vecinos, como la presidencia de la comunidad.

Por fin, ahí está, el verdadero destino de nuestra excursión, que hasta ahora no nos habíamos atrevido a confesarnos, por no querer pecar de turistas mainstream.

Ineludible como la Torre Eiffel: el Edificio Mirador.
Admiramos más de cerca las diferentes texturas de su fachada.
Estos vecinos deberían irse acostumbrando a salir en las fotos de los visitantes: después de que nosotras pasemos por aquí y le demos bombo, esto se va a convertir en un hervidero de turistas.
Hay gente que se va hasta Hong Kong para hacerse una foto en el edificio Yick Cheong. No entendemos la necesidad de irse tan lejos.
No todo van a ser cosas buenas. Una única bandera y ningún Toldo Verde: necesita mejorar.
Después de haber fotografiado tan magna obra arquitectónica desde todos los ángulos y antes de proseguir la marcha, Puyol insiste en hacerse una foto sujetando el Edificio Mirador, pero sus cortas aletitas se lo impiden.

Recorremos un par de manzanas de edificios de viviendas idénticos más antes de avistar el que, voluntaria o involuntariamente, es el segundo monumento que ansiábamos encontrar en nuestro paseo: el Corte Inglés de Sanchinarro.

Atardece sobre el templo.
Atardece sobre el templo II.
Como el lector sabrá, la famosa escalera de caracol del Vaticano está inspirada en el parking de este centro comercial.

Observamos los vehículos que ascienden los nueve círculos del Infierno de Dante después de comprar.

Entramos en el Corte Inglés. Como están a punto de cerrar, algunas de nosotras sentimos un poco de miedo a que se haga realidad uno de nuestros terrores más profundos: quedarnos atrapadas dentro y tener que pasar la noche dormitando escondidas bajo un montón de abrigos de Fórmula Joven.

Aún más impresionante por dentro que por fuera.

No obstante, nos arriesgamos y aprovechamos los últimos minutos antes de que echen el cierre para subir y bajar en el ascensor, que nos regala otra hermosa vista nocturna del extrarradio.

La imagen que ilustrará las postales del futuro.

Como estamos muy lejos de todo y las normas de los garbeos ultrarracionales nos impiden desandar el camino andado, no nos queda más remedio que seguir avanzando hasta Las Tablas para poder coger el metro.

Cruzando otra carretera nos encontramos con una bonita historia ilustrada en una pasarela peatonal, que rememora los albores de un romance entre dos jóvenes vecinos.

La primera vez.
Cuando nos dijimos que nos gustábamos.
Cuando nos cogimos confianza.
Y conocí a tu madre.
Finalmente.
Te digo ESTO.
Sanchinarro <3

Aunque Las Tablas nos resulta tan espeluznante e inhumano como Sanchinarro, a la entrada del metro escuchamos una conversación entre un grupo de adolescentes en la que descubrimos que en el barrio hay nada menos que tres churrerías. Como es bien sabido, el índice de habitabilidad de los barrios de la periferia se ha fijado en un mínimo de dos churrerías, por lo que consideramos brevemente mudarnos aquí y criar una familia ultrarracionalista.

Pero se nos pasa cuando vemos que estamos tan lejos que para volver a la civilización vamos a tener que hacer transbordo dentro de la misma línea 10.

Dormitando en el largo trayecto de vuelta a casa nos preguntamos dónde vamos a ir en el garbeo de la semana que viene, ahora que ya hemos explorado todos los PAUs de la zona. No obstante, seguimos teniendo fe en que el extrarradio de Madrid siempre será capaz de sorprendernos. Compruebe si nos equivocábamos leyendo nuestra crónica la semana que viene.

Nuestra estampa favorita de esta semana: un inodoro, fatigado por su duro trabajo y por la ola de calor, reposa unos minutos recostado contra un coche.

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