Ser turista sin molestar

Hace un par de semanas se disputó en Madrid la final de la Champions entre dos equipos ingleses. Absurdas cantidades de forofos invadieron la ciudad para disfrutar del evento, pagando igualmente absurdas cantidades de dinero por su alojamiento, y celebrando el encuentro de la única forma que, según su reputación, conocen los británicos para celebrar nada: emborrachándose hasta la muerte. Caminando esa noche por la ciudad entre montañas de latas y vasos de plástico en una atufante atmósfera de alcohol barato y pis, mi ira crecía viendo a las hordas de turistas que bebían y gritaban semidesnudos por la calle, ante la apática mirada de los cuerpos de seguridad que se habían desplegado con ocasión del evento.

Así estaba Madrid después del feliz acontecimiento deportivo.

El desprecio por el guiri es un tipo de xenofobia socialmente aceptada: la manifestamos riéndonos de sus calcetines blancos con chanclas y de su color rojo langosta en cuanto les pega un poco el sol, vendiéndoles souvenirs horteras hechos en China, y clavándoles veinte euros si cometen el error de sentarse a tomar una relaxing cup of café con leche en la Plaza Mayor. Al fin y al cabo, ¿cómo podemos tomarnos en serio a una gente que se accidenta tan a menudo precipitándose borracha por las terrazas de hoteles playeros que les hemos tenido que acuñar el término balconing?

Por qué lo llaman temporada de turistas si no podemos dispararles.

Estos sentimientos negativos hacia el guiri invasor son una reacción ante la mirada de quien visita España buscando el exotismo de la siesta, las tapas, el flamenco y los toros, cosas que, si bien tienen algo de español, a sus ojos están reducidas a la ficción del estereotipo. Lo que molesta de esa mirada y esas expectativas del turista foráneo es que buscan siempre el exotismo, y el exotismo implica siempre otredad, y la otredad implica una jerarquía y un cierto clasismo: yo soy el turista en una situación económicamente ventajosa y vengo aquí a pasar calor y a beber cerveza barata, pero no tengo ningún interés en aprender nada sobre vuestro país ni sobre vuestras folcloradas esperpénticas.

Sin embargo, aunque es verdad que según adónde y desde dónde se viaje es inevitable que haya una diferencia entre la posición económica del turista y del local, en nuestros días la experiencia del viaje por placer se ha democratizado enormemente. Centrémonos en los intercambios turísticos entre países europeos. Los guiris que vienen ahora a España ya no son necesariamente privilegiados de las clases más adineradas de la sociedad. Cuando yo vivía en Reino Unido, una de mis compañeras de trabajo me contaba que su hija gastaba todos los años una parte considerable de su sueldo de peluquera en sufragarse las vacaciones horteras en Magaluf. Y lo mismo podemos decir los españoles: casi cualquiera de nosotros, pelagatos neopobres, podemos permitirnos de vez en cuando una escapadita de fin de semana a hacernos una foto con el Big Ben y comer fish and chips.

En 2017, se propuso poner una limitación al número de turistas que visitan la isla griega de Santorini buscando hacerse esta misma foto.

Y si no es su pertenencia a una clase económica diferente a la nuestra, tampoco es su nacionalidad lo que convierte al guiri en invasor odioso. También nuestros compatriotas nos incomodan cuando nos visitan desde otras regiones durante los puentes o la Semana Santa. Como cualquier madrileña, yo me siento con autoridad para indignarme cuando vienen turistas de provincias en masa a taponar la Gran Vía para comprar en el Primark y luego ver el show del Mago Pop. Eso no quita para que el fin de semana siguiente yo vaya a Granada a amontonarme con otros turistas en el Albaicín para ver ponerse el sol detrás de la Alhambra y hacerle fotos como una imbécil.

“Son las tres de la tarde, si pillamos sitio ahora, en la foto del atardecer parecerá que no hay nadie más que tú y yo, cari”.

Incluso miramos mal a quien nos visita desde otras partes de nuestra misma ciudad, buscando nuevos enclaves instagrameables para que los vaya conquistando, paulatinamente, la mancha de la gentrificación. El perspicaz lector probablemente a estas alturas ya habrá reparado en que los garbeos ultrarracionales que nosotras mismas hacemos por los barrios periféricos de Madrid y Barcelona también tienen algo de experiencia turística. Así pues, ningún lugar está libre de ser invadido por guiris, y todos corremos el riesgo de convertirnos en guiris en algún momento. Yo vivo con miedo a que de la noche a la mañana un aluvión de foráneos invada mi bar favorito de Puente de Vallecas, mientras que convenientemente paso por alto el hecho de que yo tampoco he nacido vallecana. ¿Soy acaso, yo también, guiri en mi bar de la esquina? Ya no es un asunto ni de clase social ni de procedencia: guiris podemos ser todos, en cuanto ponemos un pie fuera de casa.

“Nosotros no somos turistas, somos viajeros”.

¿Quién es entonces el objeto de nuestro desprecio, cuando despreciamos a los guiris? Parafraseando el manido, si bien certero lema de “Tú no odias los lunes, tú lo que odias es el capitalismo”, podríamos decir que lo que odiamos no son los turistas, sino el efecto nocivo que su visita en masa tiene sobre nuestro hogar. El turista, en especial el low cost, parece no ser consciente del potencial impacto de sus vacaciones sobre los lugares que visita. Vuela en aerolíneas de bajo coste, ignorando que lo que ahorra en su billete también Ryanair lo ahorra de los salarios de sus trabajadores. Se aloja en un airbnb, que es más barato que un hotel, obviando las repercusiones que la proliferación de alojamientos turísticos tiene para la disponibilidad y precio de la vivienda de los vecinos de la zona. Recorre la ciudad en tours gratuitos, donde la remuneración de los guías depende exclusivamente de la generosidad de las propinas de los turistas, etc.

Pero ¿cómo exigirle al visitante, o exigirnos a nosotros mismos cuando viajamos, que nos preocupemos por todas estas cosas, por las que tal vez sí nos preocupamos en nuestros lugares de residencia? Al fin y al cabo, la Grasa turística por la que estamos pagando es en sí misma una promesa de escapada, de descanso de nuestras rutinas, horarios y preocupaciones diarias. El destino turístico es un paraíso de desconexión de las presiones a las que nos somete el capitalismo que a su vez ha sido completamente fagocitado por el capitalismo, donde el visitante está exento de cualquier esfuerzo mental e invitado a suspender el pensamiento crítico —que es, en realidad, la única forma absoluta de descanso, como el lector sabrá—.

Odio mi existencia y mi trabajo, pero se me olvida cuando voy de “city break”: el “por fin es viernes” que dura más de un día.

¿Deberíamos entonces dejar de viajar por placer? Por mucho que nos pese, el impulso de viajar en busca de cosas que nos resulten diferentes es y siempre será un impulso humano irrefrenable. De hecho, este impulso de viajar enmascara el mismo sentimiento que se esconde tras la guirifobia que hemos analizado sobre estas líneas. Quien viaja busca el consuelo de saber que todavía existe algún lugar que le sorprenda, por ser diferente; quien teme la invasión masiva de los turistas teme que el lugar en el que vive pierda para siempre su diferencia, se vuelva irremisiblemente igual a todos los demás lugares turísticos que existen sobre la tierra.

Lo cierto es que todas las ciudades están en constante transformación, ya sea por causa de sus habitantes, de sus visitantes, o de las fantasías urbanísticas de sus dirigentes políticos. Esto es algo que nos incordia, porque querríamos que las cosas que nos gustan se quedaran siempre como están, y en el fondo porque la capacidad de transformación de las ciudades nos recuerda nuestra propia obsolescencia: la misma ciudad verá estos y muchos otros cambios, nosotros nos moriremos antes. Puede que el desprecio por el turismo no sea más que una faceta más del miedo a que todo cambio sea a peor en las ciudades que nos son queridas, como el que asediaba a Baudelaire cuando recorría a finales del siglo XIX el París ideado por Haussmann y gruñía porque su estricto urbanismo de líneas rectas constreñía los vuelos de su imaginación poética. Esos barrios, y no el llorado París medieval que él extrañaba y que ya nadie recuerda, son ahora los lugares de la ciudad donde miles de turistas se fotografían anonadados.

Esto nos demuestra que la capacidad humana para encontrar un lugar digno de visitar es tan inagotable como la capacidad de las ciudades para metamorfosearse. Quién nos asegura que lo mismo que le pasó a París no le va a suceder a los barrios por los que hoy nos paseamos en nuestros garbeos: quizás dentro de cien años todo Madrid sea como Sanchinarro y su arquitectura haga las delicias de los turistas del futuro, y nadie recuerde el Ladrillo Marrón ni el Toldo Verde. ¿Dónde irán entonces quienes persigan el verdadero espíritu del Pueblo, la esencia auténtica de España? ¿Y qué nos contarán al respecto? A Baudelaire sus paseos le inspiraron Las flores del mal y nosotras en nuestros garbeos escribimos fotorreportajes con chistes malos; cada cual según sus capacidades. Lo importante es que, viajemos adonde viajemos, intentemos no dejar nunca de sorprendernos y, aun a costa de nuestro descanso, no dejemos nunca de reflexionar.

Antes todo esto era campo, pero a ellos les da igual.

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