Sólo me quedan cinco eurosTiempo de lectura: 7 min


Tengo cinco euros para vivir el resto del mes.

He pagado todo lo que hay que pagar pero sólo me quedan cinco euros.

Creo tener comida suficiente pero sólo me quedan cinco euros.

Si se me rompe un diente no podré hacer nada. Si se me daña el ordenador no podré hacer nada. Estoy trabajando de negro literario para una editorial que edita manuales de cursos para desempleados: es realmente paradójico porque pagan en negro sin contrato, y no tienes que reunirte con ellos en un callejón oscuro de milagro. Esta mañana he tuiteado «sólo me quedan 5 euros» y lo han retuiteado algunos colegas y luego montón de gente que no conozco de nada. He pensado escribir una carta a mi padre, a lo Kafka, que lleve por título «sólo me quedan 5 euros», pero él también tiene hipoteca.

Ayer chateé con un conocido que está en Australia y le conté mis penumbras económicas, se sorprendió porque me consideraba un intelectual de éxito. Evidentemente, nos hemos conocido en otra época. Ahora sólo me conocen en La Conejita Maja: en realidad los camareros del bar creen que soy una especie de intelectual venido a menos; me lo han dicho varias veces, que debería recuperar mi autoestima. Lo peor de todo es que es verdad, sólo me quedan 5 euros.

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Han pasado 4 días y medio desde que abrí este doc. Lo había olvidado y lo he encontrado limpiando el escritorio.

Recuerdo haber leído a un antropólogo que decía que ante la perspectiva de escasez muchos seres humanos consumían los alimentos que tenían más rápido, por una cuestión de intentar estar siempre ahítos

Tengo que decir, con respecto al tema que nos ocupa, que todavía me quedan 5 euros. Pero no voy a decir nada más porque han sido unos días realmente sucios y estúpidos, esos días que no salen en las novelas por más realistas que pretendan ser. He sido presa de un marasmo que de haber llegado a los pulmones me habría matado.

Ayer tenía 5 euros todavía pero hoy tengo 4. Sólo me quedan 4 euros. He comprado papel de fumar: era imprescindible. Prefiero pedir un euro en el metro a dejar de fumar ahora; simplemente no podría, escribir sería imposible, leer también. Pasar cinco o seis horas sentado frente al ordenador sería imposible si no pudiera fumar.

Acabo de tuitear «sólo me quedan 4 euros» y ya lo han retuiteado, y un amigo me ha mandado un mensaje privado preguntando si tengo maría porque siempre viene bien para estos casos… He pensado en pedirle 20 euros ya que parece preocuparse por mí más que otros, pero he desistido, no es buena idea.

Algunos de mis conocidos seguro que piensan que es una especie de código que estoy tuiteando o simplemente un chiste. No he visto a nadie estos días porque obviamente no tengo dinero para salir y me da vergüenza andar diciendo que estoy en cero. De todas maneras casi no tengo ganas de beber.

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Me quedan 2,35. He comprado una barra de pan y un paquetito de jamón. Soy un jodido burgués: tengo 4 euros y me los gasto en jamón york. Ayer estuve leyendo en la terraza mientras caía la tarde; fue una de esas experiencias románticas. He tenido que decirle a una chica que me gusta que no iba a salir con ella hoy. Me llamó para ir al cine pero qué le voy a hacer: es imposible. No quiero pedir prestado. He convencido al barman de La Conejita Maja de que me fie el café dos semanas y así puedo leer allí por la mañana como un intelectual burgués. Ya terminé la historia de las utopías de Mumford, y ahora estoy con La entropía y el proceso económico de Georgescu-Roegen, un libraco tremendo que hace pensar al barman de la Conejita que estoy verdaderamente loco o definitivamente algo me pasa. Georgescu (es tremendo teclear este nombre como si nada) es un símbolo de la economía del decrecimiento. Había visto sus citas por todas partes pero nunca había encontrado este libro, y fue providencial, porque lo vi en una tienda de usados por 3,50. No sabían lo que tenían…

Ya sé a qué se refería mi madre cuando decía «dios aprieta pero no ahorca»: no, mamá, nos ahorcamos nosotros, nosotros.

El comienzo es bastante prometedor, ya que ironiza sobre la práctica de la economía que no toma en cuenta el hecho de que vivimos en un planeta donde existe la entropía, es decir, que la energía que podemos utilizar no es infinita o ilimitada, que cada vez que hacemos algo, respirar para empezar, estamos de alguna manera contribuyendo a la destrucción. La idea me ha parecido encantadora; con respirar ya estamos participando. He comido más de lo normal estos días y creo que he cogido un par de kilos. Recuerdo haber leído a un antropólogo que decía que ante la perspectiva de escasez muchos seres humanos consumían los alimentos que tenían más rápido, por una cuestión de intentar estar siempre ahítos; por si acaso las cosas van a peor, mejor tener el estómago lleno, en fin. No recuerdo el nombre del antropólogo, mi memoria no me ayuda con esto.

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Una amiga me ha dejado las llaves de su piso para que le cuide al perro mientras se va de vacaciones. ¡Bingo! Cuando me ha llamado me han dado ganas hasta masturbarme. Lo bueno es que vuelve dos días después de mi día de cobro, así que puedo comer en su casa tranquilamente y reponer antes de que llegue sin problemas. Ya sé a qué se refería mi madre cuando decía «dios aprieta pero no ahorca»: no, mamá, nos ahorcamos nosotros, nosotros. Ahora que sé que podré pasar esta temporada sin más lamentos. Siento vergüenza de mí mismo, de mi propio orgullo. No entiendo por qué fui capaz de contarle mis problemas económicos a una persona que estaba en Australia que no he visto en años, pero no a mis allegados. Mumford diría que mi problema en realidad no es económico sino espiritual, que estoy influenciado por la utopía de la casa solariega, donde vivimos una existencia despreocupada de confort y ambrosía. Probablemente es cierto.

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Me queda un euro. Suena raro pero sí, me queda un euro. Faltan 4 días para cobrar y me queda un euro. Se me acaba el tabaco: creo que me quedarán unos 5 o 6 cigarrillos. El perro es buen perro. Georgescu en cambio se me nubla, se me va por las colinas. Ahora está hablando de la práctica científica a lo largo de la historia, supongo que para introducir uno de los grandes temas de todo economista desengañado: ¿puede considerarse a la economía una ciencia? No sé qué respuesta va a dar a estas alturas. Estoy un poco impaciente.

Esta mañana he intentado ligar en la Conejita pero el barman me ha bajado los humos. Me senté en una pequeña mesa que tienen casi detrás de la máquina de tabaco. Llevaba mi libro y mi tabaco y una chica muy maja me pidió un cigarrillo. Le di el tabaco sin chistar aunque me quedaba muy poco. Entablamos conversación sobre perros. No sé nada de perros pero lo intenté, y cuando iba a cambiar un poco el tema el camarero atacó hablando de sus pastores alemanes. Perdí miserablemente. La mujer, enamorada de los perros en general, ni volvió a mirarme siquiera. Me quedé hasta sin saber su nombre. Volviendo al tema anterior, supongo que ha sido mi vanidad la que me ha llevado a esta situación. Tener un problema y condenarme a mí mismo a estar solo para no contarlo, todo lo contrario de una persona que se comunica, que expresa sus sentimientos y emociones de manera sana.

Que monstruosa utopía, la expresión saludable. Si pudiera sustraerme a la belleza de la neurosis provocada por el sentimiento de sufrir en soledad no sería el romántico que soy.

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«Sólo me queda un euro». decía mi tweet de esta mañana, pero esta vez me han retuiteado sólo dos amigos. Ya no hace tanta gracia como con cinco. Supongo que alguno puede imaginarlo, o más de uno estará igual.

Texto por Jorge Páez

Eh, ya que pasa usted por aquí…

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