Somos izquierdistas, somos monárquicxs

El socialismo anteponía los intereses de clase a la forma de estado. También Azaña anteponía la libertad, la justicia, la cultura y, por supuesto, el progreso a la forma republicana de gobierno. Monarquía o República daba lo mismo. La cuestión era poder conseguir la verdadera libertad, la modernización y el saneamiento de las instituciones.

Solamente cuando Azaña se convenció, en tiempo de la Dictadura, de que la Monarquía emprendía un camino que a él -como a otros- les parecía equivocado e irreversible, empezó a trabajar por la República, sin estar seguramente muy convencido de que ésta llegaría a implantarse.

Josefina CarabíasAzaña: Los que le llamabamos Don Manuel

El Ayuntamiento de Madrid acaba de proponer una medida que la ciudad necesitaba desde hace tiempo: restringir el tráfico a no residentes en el centro. Con el plan, bautizado como “Madrid Central”, el consistorio espera cumplir con las emisiones máximas requeridas por la UE, algo que los anteriores ayuntamientos del PP habían desoído, haciendo pagar a los madrieños y madrileñas grandes multas por ello. No es un plan novedoso: otras ciudades de toda Europa han tomado ya medidas similares con indiscutibles beneficios para toda la ciudadanía. Para ello el Ayuntamiento ha acometido reformas en la vía pública y planea mejorar el servicio de autobús. Pero también necesitará que el metro haga lo mismo, aunque aquí se encuentra con un problema: es competencia de la Comunidad de Madrid. Y esta sigue en manos del PP.

En lugar de cooperar, el PP ha lanzado una dura contraofensa mediática y judicial, demandando la medida ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. El partido tacha la propuesta de “irresponsable” y sostiene que Ahora Madrid muestra “voluntad de imposición“. Mientras, vende Grasa al Pueblo en forma de “libertad para hacer lo que te dé la gana, incluso si eso fastidia a tu vecino o vecina”. E incluso si ello fastidia a España, aunque esto no lo dicen.

El PP vendiendo Grasa: el portavoz municipañ José Luis Martínez Almeida en la concentración contra Madrid Central. Foto: Javi Martínez

Este desacuerdo entre Ayuntamiento y Comunidad no es la primera vez que ha jugado en contra de la ciudadanía durante los tres años de regencia de Manuela Carmena. Previamente la Comunidad y el Ayuntamiento habían estado bajo el pie del PP, por lo que las discrepancias entre ambas administraciones eran pocas, y las que había apenas participaban de debate público. Desacuerdos parecidos ocurren también entre el gobierno de Pedro Sánchez y el Senado, que sigue siendo feudo del PP, o anteriormente entre el gobierno de Zapatero y el de Esperanza Aguirre, con casos como el de la ley antitabaco, que la presidenta se negaba a aplicar en Madrid, y que hoy difícilmente suscita críticas. Esta dualidad de gobiernos antagónicos va a ser más critica a partir de ahora, con cuatro partidos disputando el poder en lugar de dos.

Por fortuna, España cuenta con una ventaja en la administración del estado: la Corona. Nuestro país es un régimen parlamentario por el que el Pueblo solo elige al jefe del Gobierno, quedando fuera de su alcance el jefe del Estado, y por tanto no dando lugar a este tipo de desaveniencias.

No es improbable que la voluntad popular de una hipotética república española se diese a sí misma a Aznar o Aguirre como cabezas de estado.

Muchas personas de izquierdas piden cambiar esa situación y abolir la monarquía. Si esto llegase a ocurrir, una de las alternativas sería establecer un régimen semipresidencialista como el francés, en el que el Pueblo elige jefe de Gobierno y cabeza de Estado. Esto en España podría ser un desastre monumental, como hemos visto, con discrepancias que le metiesen en un eterno bucle de discusiones y demandas judiciales. Otra alternativa sería un régimen presidencialista como el estadounidense, en el que el jefe de Gobierno y de Estado son la misma persona. Este sistema deja esta alta responsalilidad en manos de un Pueblo movido por la Grasa en forma de banderitas o nacionalismitos, y en muy raras ocasiones el resultado será positivo. No debemos olvidar que el PP ha sacado más votos en todas las elecciones celebradas en la última década. En Cataluña el Pueblo ha elegido a Puigdemont, y fuera de España Bolsonaro, Trump, Brexit, etc. Queremos lo mejor para el Pueblo, pero el Pueblo no quiere lo mejor para sí. No es improbable que la voluntad popular de una hipotética república española se diese a sí misma a Aznar o Aguirre como cabezas de estado.

Por ello nos conforta saber que hay una figura por encima de las decisiones grasientas del Pueblo. El Rey es -sí- una figura imparcial que solo cumple una función representativa y que no toma decisiones políticas, a no ser que se violen ciertos aspectos fundamentales del estado. Y así es como ha demostrado actuar Felipe VI.

Por supuesto que hay cosas criticables en la Monarquía. En primer lugar, la facilitación de contratos de venta de armas a Arabia Saudí, país que viola el derecho humanitario internacional con un bloqueo militar a Yemen. ¿Pero podría haberlo objetado el Rey? De haberlo hecho, se habría puesto por encima de la voluntad popular, que eligió a un PP (o a un Kichi) que sí que favorecen esas ventas. El Rey no es en este caso más que un comodín del Gobierno.

Ahí va una propuesta: que el Rey vigile también el cumplimiento de los tratados internacionales en materia de derechos humanos a los que se ha adscrito España. Evitaríamos así los mayores daños que España y Europa hacen al mundo hoy, los relacionados con conflictos armados en terceros países. Evitaríamos la desalmada venta de armas para matar civiles en Yemen, y podríamos paliar crisis migratorias como la de las personas refugiadas de Siria o las migrantes económicas de África.

Propuesta #1: Que el Rey vigile también el cumplimiento de los tratados internacionales en materia de derechos humanos.

Al Rey emérito también se le pueden criticar cacicadas. Aún está por ver su papel en los años de la burbuja, en especial en su relación con Undargarín. Pero es curioso que el motivo que le hizo dimitir fuese la cacería de elefantes, cuando el Pueblo hace ostentación de comer carne -y por tanto de matar animales en masa- cada día. En cualquier caso, no nos engañemos: es en esos viajes donde los poderosos durante el siglo XX se han tratado de tú a tú, se han relacionado y han hecho negocios. No es algo que defendamos, simplemente es así.

A pesar de ello, a Juan Carlos le tenemos que agradecer la democracia. Un sistema hoy obsoleto, pero que no podíamos dar por sentado en 1975. Al morir Franco España tenía un Gobierno franquista, con unas leyes franquistas, que estaba dispuesto a perpetuar una estructura de poder franquista. Y una parte muy importante del Pueblo también lo era -lo sigue siendo-, incapaz como es de desvincular la Grasa en forma de autopistas y pasodobles con la que Franco aliñó su plato combinado de dictadura y falta de libertades. El Rey asumía todos los poderes del Estado, pero tuvo que requebrar a la carcundia franquista para quitárselos de encima, un proceso que le llevó dos años en un país dado a la violencia. La democracia llegaba tarde a España, pero llegaba, aunque por el camino se olvidó de algo tan importate como restituir la memoria de quienes ya lucharon por ella en los años 30.

Propuesta #2: Que se limite a los 60 la edad en la que un Rey puede ejercer como tal.

Por tanto Juan Carlos obró bien en su juventud, mal en su vejez. Como ya hemos criticado innumerables veces, el ser humano tiende a mantener en el tiempo las mismas actitudes, aunque estas hayan quedado obsoletas. Ese tal vez sea el mayor defecto de la Corona, el prolongado reinado de cada monarca, que se podría solventar limitando a los 60 años la edad en la que un Rey puede ejercer como tal.

Un último punto: muchos de los países más avanzados en calidad democrática son monarquías, como Noruega o los Países Bajos. Y muchos de los países más deplorables son repúblicas, como Rusia. También sucede al revés, claro. La forma de estado es, por tanto, irrelevante en el respeto a las libertades y derechos fundamentales.

En conclusión, nos jactamos de ser izquiedistas y monárquicxs. Creemos que una persona de izquierdas que use puramente la razón no podrá hacer más discurso sobre la monarquía que el que se acaba de leer. Pero ocurre, como ya hemos dicho, que el Pueblo responde más a la Grasa que a la razón, y las personas izquierdistas no son ajenas a ello. En este caso, esa Grasa para izquierdistas es la república. Una República por la que hubo que pelear con todas nuestras fuerzas en 1936, pero que tenemos que superar en 2018.

¡Habla, Pueblo, habla!