Tinder Plus

Este texto forma parte de la serie de relatos neonormales por entregas que publicaremos de forma aleatoria e impredecible.

Ilustración por Vega.

Me está mirando otra vez. Estoy segura de que me está mirando a mí, y no a la pavisosa de Natalia, que se me sienta detrás. Hace días que lo noto, que me queman sus ojos encima cada vez que paso al lado de su mesa para ir al baño. Yo me contoneo y me pego todo lo posible a la mampara de metacrilato de su cubículo, llevo el cinturón de la escafandra tan ceñido a la cintura que me cuesta respirar. Para estar segura al cien por cien, esta mañana, cuando coincidimos junto a la máquina del café que hay al fondo del barracón y aprovechando que no había nadie cerca, me atreví a mandarle un mensaje inequívoco. Le miré fijamente mientras me quitaba uno de los guantes, enrollando el látex muy despacio desde el codo hacia la muñeca hasta sacármelo del todo, liberando un dedo tras otro, un poco como hacía Rita Hayworth en aquella escena de Gilda. Su carita era un poema, pobrecito. Quién sabe cuándo fue la última vez que vio un brazo desnudo. Cuando quedaron al aire mis uñas pintadas, se le empañó toda la pantalla protectora del traje de lo nervioso que se puso. Ya no tengo ninguna duda: Carlos está loco por mí.

Ahora viene la parte más difícil. Es muy complicado encontrar el amor para aquellos de nosotros que nos quedamos descolgados cuando llegaron, sin previo aviso, la crisis del virus y la Nueva Normalidad. A quienes ya estaban en una relación les vino de perlas: atados ya para siempre a sus amorcitos, y sin tener que comerse la cabeza pensando si sus parejas les son infieles con este o con aquella. Pero, ¿quién se preocupó de los solteros? No es que se nos prohíba empezar una relación, está claro; pero tampoco nos han puesto facilidades. El Gobierno ha reducido a diez el número de «personas autorizadas» con las que cada ciudadano puede relacionarse en privado. Estas se clasifican en «familia», «amigos» o «pareja», y en función de la etiqueta se permite hacer una serie de actividades con ellos que impliquen más o menos intimidad. Por motivos sanitarios, cada ciudadano sólo puede clasificar a una persona como «pareja», la relación que permite más cercanía, y que también conlleva la convivencia obligatoria —con familiares sólo se puede convivir hasta la mayoría de edad, y con amigos no está permitido en ningún caso—.

Para gestionar esta nueva forma de relacionarnos, hace dos años el Gobierno nacionalizó Tinder. Obviamente, la plataforma tal como era había quedado obsoleta, y con su promoción de la promiscuidad suponía un riesgo para la salud pública. Ahora la aplicación se utiliza para que los ciudadanos, a través del conocido sistema de «match», elijan a sus más allegados, que deben residir siempre dentro de su misma área sanitaria, y establezcan con ellos un vínculo u otro. La elección debe ser mutua, claro, como en el anterior sistema: ambas personas deben elegirse una a la otra y estar de acuerdo en el vínculo que quieren compartir. Esto ha generado innumerables dramas: padres que eligen mantener contacto con algunos de sus hijos pero no con otros, amigos que tenían la esperanza de llegar a ser algo más con ese alguien especial y son relegados a la friendzone más árida… Pero también ha servido para que fechas señaladas que en el pasado eran desagradables para muchos, como las navidades, sean ahora más placenteras, al no estar obligados a mantener contacto, por ejemplo, con la familia política. Toda comunicación telemática dentro de este «círculo autorizado» se realiza también a través de la aplicación, monitorizada por las autoridades para garantizar la salud y seguridad de todos.

Los matches se pueden deshacer por cualquiera de las partes en cualquier momento, y esa relación remplazarse por otra, pero sin superar el límite permitido de diez personas. La única forma de ampliar esta cifra es mediante suscripción a Tinder Plus, pero las exorbitantes tarifas que hay que pagar por incluir y mantener una persona extra en tu círculo están al alcance de muy pocos.

Así que ahora se me presenta un dilema importante. Yo no me puedo permitir, con lo que gano, pagar una suscripción a Tinder Plus, pero tampoco me puedo permitir, a mis treinta y dos años, resignarme a una vida en soledad —ya ni siquiera existe la posibilidad de ser «solterona con gatos» como en la Antigua Normalidad, desde que se supo que los animales domésticos también transmitían el virus y todos fueron sacrificados—. Si quiero tener una oportunidad con Carlos, aunque sea poder ir a tomarme una cerveza con él para ver si congeniamos, tendré que borrar a una persona de mi círculo para incluirle a él. Y asegurarme de que él está dispuesto a hacer lo mismo, claro está. Aunque al no poder comunicarnos más que para cosas de la oficina, tampoco va a ser fácil. Pero la gente lo consigue; a la hora a la que antes echaban First Dates en la Cuatro ahora dan Amores Neonormales, un programa sobre parejas felices que se han encontrado en la Nueva Normalidad. Si lo piensas, también tiene mucho de romántico, este salto al vacío sin garantías que ahora hay que dar para enamorarse.

Todo el día le doy vueltas a quién quitaría de mi círculo para meter a Carlos. No puedo eliminar a nadie de mi familia, aunque sólo sea por la que iban a armarme. Es verdad que la yaya ya está muy mayor y no creo que dure mucho, pero tampoco puedo esperar a que pase a mejor vida para resolver lo de Carlos, porque sé que Natalia también le anda detrás y tengo que actuar ya, antes de que se disipe el efecto de mi maniobra del guante de esta mañana. Son pocos los solteros disponibles en mi área sanitaria, y Carlos es el único apetecible. He pensado en quitar a Sandra. Sandra es mi amiga desde primaria, pero también es mi única amiga soltera y eso significa que antes o después también tendrá que prescindir de alguien de su círculo para hacerle hueco al amor, y yo sé que tengo todas las papeletas para que me borre. Siempre nos hemos prometido que no nos íbamos a eliminar pasara lo que pasara, que son demasiados años y demasiadas cosas que hemos vivido juntas, que las amigas siempre van antes que cualquier hombre. Pero en el fondo las dos sabemos que estamos mintiendo.

Una sombra detrás de la mampara de mi cubículo me hace levantar la vista. Es Carlos. Me mira fijamente y luego hacia ambos lados, como con miedo. Después saca un post-it verde de uno de los bolsillos de su escafandra, lo pega deprisa sobre la superficie de metacrilato que le separa de mí, y se aleja con paso rápido. Leo lo que pone en el post-it:

«He cancelado mi suscripción al gym para hacerme Tinder Plus. Te espero».

Ya no tengo dudas. En el móvil, me meto en Tinder, busco el perfil de Sandra. Le escribo un mensaje privado, sin pensármelo mucho. Sé que ponga lo que ponga no me va a perdonar jamás:

«Tía, sabes que te I love you, pero tengo que pensar en mi futuro. Espero que lo entiendas».

Deshacer match con Sandra Moreno. ¿Estás segura?

Pulso el «sí» sobre la pantalla.

Ahora tienes UN match disponible. ¡Elige a una nueva persona autorizada para completar tu círculo! Busca en tu zona sanitaria otras personas con matches disponibles.

Voy pasando todos los perfiles de conocidos residentes en mi área sanitaria hasta que encuentro el de Carlos. Junto a su nombre aparece una estrella dorada, que indica que es usuario Plus.

Carlos Fernández, 35, Madrid, consultor. Soy un chico tranquilo y familiar. Crossfit addict. ¡Ya me gustaban los planes de sofá, peli y mantita antes de la Nueva Normalidad, jeje! Esperando a esa chica especial… Abstenerse feminazis y fumadoras.

Con mi dedo tembloroso protegido por el guante de látex, pulso el corazón verde bajo el nombre de Carlos.

¿Qué relación te gustaría tener con Carlos?

Conteniendo la respiración, selecciono «pareja». De inmediato, aparece una pantalla donde se ven mi foto de perfil y la de Carlos, una junto a la otra, y las palabras que toda mujer del siglo XXI ansía leer:

It’s a match!

***

Hace un par de semanas que me siento rara, tengo náuseas por las mañanas y estoy siempre abotargada. Además se me está retrasando bastante la regla; la app de salud de mi móvil lo ha debido de notar porque en Instagram no dejan de salirme anuncios de test de embarazo, de carritos de bebé y de sacaleches. Así que aquí estoy, sentada en el váter esperando el resultado de la prueba.

Si estoy embarazada, va a ser una putada tremenda. No sé cómo se lo va a tomar Carlos. Cuando tienes un hijo, el Gobierno obliga a que los dos padres lo incluyan en su círculo autorizado hasta la mayoría de edad de la criatura, bien eliminando a una persona para hacerle hueco o pagando una suscripción Plus. Así, sin imponer restricciones directas a la natalidad, el Gobierno se asegura de que sólo se reproduzcan quienes de verdad puedan darse el lujo de mantener a un hijo. En los dos años que llevamos juntos, han subido la cuota de Tinder Plus, y tanto Carlos como yo hemos tenido que empezar a trabajar horas extra para pagar su suscripción y que pueda mantenerme como la persona número once en su círculo. No nos vamos a poder permitir otra suscripción, eso desde luego, y menos teniendo que hacer frente a todos los demás gastos que implica la llegada de un bebé. Yo podría eliminar a alguien más, a la yaya, que cuando la visito ya ni me reconoce, la pobre, o al gilipollas de mi hermano. Por un hijo, esas cosas sí se pueden hacer. Pero Carlos se negará en redondo a prescindir de nadie. Alguna vez se lo he sugerido, que si tanto nos cuesta pagar la suscripción quizás podría eliminar a alguien para mantenerme a mí dentro de su círculo sin que tengamos que pasar apuros económicos, pero se me pone hecho un basilisco. Para él la familia es sagrada, con las otras diez personas tiene vínculos de sangre, yo soy la única con la que no. A veces siento que me ve como un extra, como si en realidad no me considerase familia. Eso me jode un poco, pero nunca se lo digo.

El pitido del test que he dejado en el bidé me saca de mis pensamientos. Positivo. A la mierda.

Salgo del baño y voy al salón. Carlos está en calzoncillos tirado en el sofá, leyendo algo en su iPad. Lo mejor será que se lo diga ya, y quitarme el marrón cuanto antes.

—Cari, tengo que decirte una cosa importante. Estoy embarazada. Me acabo de hacer un test.

Carlos me mira como sin comprender, con esos ojillos bovinos que, antes de que estuviéramos juntos, cuando me espiaban a través de su escafandra en el trabajo, nunca me había fijado que tenía.

—Pero amor, ¿estás segura? ¿Cómo es posible? —contesta por fin. Duda un segundo y después añade, receloso—: ¿Es mío?

—Pues claro que es tuyo, ¿de quién iba a ser si no, si eres el único con el que puedo estar en la misma habitación sin escafandra?

Carlos se está poniendo nervioso, tiene la cara roja y empieza a abanicarse con el iPad.

—Un hijo… ¿Y qué vamos a hacer? No nos cabe en el círculo…

—Pues de eso mismo es de lo que tenemos que hablar. Había pensado que si yo quito a mi abuela y tú a alguien de tu familia…

—Eso otra vez no, por ahí no paso, ya lo sabes —me interrumpe Carlos con violencia—. ¿Por qué estás tan empeñada en que corte la relación con los míos? —De pronto le cambia la cara y parece todavía más enfadado—. Seguro que lo has hecho a propósito, lo de quedarte embarazada. Mi madre ya me advirtió de que eras capaz de hacerme algo así.

Sabía que íbamos a acabar en lo mismo de siempre. Yo quiero cambiar las cortinas del salón, él tiene que consultarlo con su madre. Hago unas croquetas, las de su madre están mucho más ricas. Le digo que vamos a tener un hijo, y él sólo puede pensar en su madre. Noto cómo me empiezo a calentar, y sé que estoy a punto de liarla.

—¿Y qué mierda sabe tu madre de lo que yo soy o no soy capaz de hacer, si ni siquiera me conoce?

—Ni tú la conoces a ella. Mi madre es una mujer maravillosa. ¡Me dio la vida! Si de verdad me quisieras, en vez de pedirme la barbaridad de que me aleje de mi familia, eliminarías tú a alguna de tus estúpidas amigotas y añadirías a mi madre a tu círculo, le darías una oportunidad. Ella es la persona más importante para mí, y también debería ser importante para ti. Además, está deseando conocerte.

—Pero cómo eres tan simple, Carlos. Ni la bruja de mi suegra tiene ningún interés en conocerme, ni yo en conocerla a ella. El no tener que vernos nunca en la vida es lo que más me gusta del puto Tinder. De hecho estoy segura de que esto es lo único en lo que tu madre y yo estaríamos de acuerdo.

En cuanto esas palabras salen de mi boca, sé que la he cagado sin remedio. Carlos me mira hecho una furia y sale del salón, sin añadir nada más. Oigo el crujido de la tela de su escafandra mientras se la pone apresuradamente, y cómo suelta un breve gritito de dolor y a continuación maldice en voz baja. Seguro que se la ha vuelto a pillar con la cremallera. Después sale de casa dando un portazo. A veces le dan prontos así, sale a despejarse y se le pasa. Estoy segura de que va a volver.

***

Horas más tarde, despierto en el sofá. Afuera ya está oscuro, debe de hacer horas que Carlos se ha marchado. De pronto echo de menos a Sandra. Ahora podría llamarla y me haría sentir mejor, me diría que aborte ese bebé que no quiero ni puedo tener y que los hombres son todos basura, que no les necesitamos para nada. Pero Sandra ya no está en mi círculo y tiene el suyo completo; un poco después de que yo la eliminase vi en su Instagram que se emparejó con un magnate del metacrilato que tiene edad para ser su abuelo y que está podrido de dinero. Hace poco se la llevó de vacaciones a un resort exclusivo en Gandía Playa, que es donde ahora va la gente que en la Antigua Normalidad veraneaba en Bali. Qué cabrona, la Sandra. Seguro que no me ha bloqueado en Instagram sólo para asegurarse de que sigo viendo lo bien que se lo ha montado.

Miro el móvil y veo que tengo una nueva notificación que no había visto mientras dormía. Es de Tinder.

Carlos Fernández ha deshecho vuestro match.

Se me cae el móvil de la mano y siento un mareo que me hace tener que recostarme en el sofá para no desmayarme. El puto Carlos me ha dejado. Aunque tampoco puedo decir que me sorprenda. Seguro que ha ido a lloriquearle a su madre y entre ella y las lagartas de sus hermanas me han despellejado hasta convencerle de que no le convengo y que tiene que deshacerse de mí. Las ha preferido a ellas antes que a mí y a nuestro hijo. Es un calzonazos. Aun así, no puedo evitar que se me caigan un par de lagrimones por la cara. Serán las hormonas del embarazo.

Ahora tienes UN match disponible. ¡Elige a una nueva persona autorizada para completar tu círculo! Busca en tu zona sanitaria otras personas con matches disponibles.

Deslizo casi automáticamente hacia la izquierda unos cuantos perfiles de gente que me suena de mi entorno. El panadero, Natalia la del curro, el vecino del 4ºA. Poco después, se acaban los perfiles y sale una nueva pantalla. En el centro, sobre fondo blanco, aparece mi foto de perfil, y en torno a ella unos círculos concéntricos que se proyectan hacia fuera en forma de ondas, como en busca de una conexión con el exterior que no logran establecer. Debajo se lee:

¡Lo sentimos! No hay nadie nuevo cerca de ti.

 

 

Eh, ya que pasa usted por aquí…

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