Ultrarracionalismo: El triunfo del capitalismo

El triunfo del capitalismo parece del todo incontestable. De ahí que Fukuyama dijese, no sin razón, que nos encontrábamos ante el «final de la Historia». Sin embargo, tanto los críticos como los defensores del sistema parecen negarse a asumir este hecho. Muchos se apresuraron a interpretar los atentados del 11-S, por ejemplo, como amenazas al orden liberal. Tales análisis pecaban de una miopía que hoy resulta evidente. Sin duda, Bin Laden o Al Qaeda causaron un shock, mucha tristeza y oleadas de pánico civil, pero motivaron, también, grandes inversiones en dispositivos de seguridad intensivos en tecnología y conocimiento, tanto a nivel urbano como internacional, de los colegios de primaria a las fronteras. Todo esto permitió alargar la fase de crecimiento basada en TIC y las punto.com con que se había inaugurado el milenio, y, a la postre, esto se plasmó en empleos, bienestar y progreso.

Tecnologías como los drones y otros robots autónomos ofrecen ya una selectividad y precisión muy superior a la de los soldados humanos y no son susceptibles de cometer crímenes de guerra tales como violaciones o torturas.
Es posible que el capitalismo no sea coherente con nuestras intuiciones morales, pero se trata de un sistema que somete eficazmente las contradicciones que él mismo produce, tales como «humanos ricos vs. pobres» o «tecnología vs. desempleados», expandiéndose más allá de todo límite físico o espiritual. Las evidencias prestan apoyo, incluso, a la teoría del comercio internacional de David Ricardo, según la cual la globalización capitalista tiende a lograr la convergencia económica entre naciones y el fin de todas las guerras. Después de todo, en la actualidad la producción se encuentra tan ramificada que lo que un país pierde con una guerra comercial –y no digamos militar– es muchísimo más que lo que pudiera ganar. Por otra parte, tecnologías como los drones y otros robots autónomos ofrecen ya una selectividad y precisión muy superior a la de los soldados humanos y no son susceptibles de cometer crímenes de guerra tales como violaciones o torturas. Gracias a avances como estos, las guerras son ahora mucho más eficientes y racionales, y menos onerosas para la población civil.

Tras el 11-S crecieron exponencialmente la industria de cámaras de vigilancia, la de robots de rescate o las técnicas de reconocimiento facial que cómodamente desbloquean nuestro smartphone.
Cualquier disidencia anticapitalista acaba por tomar, al poco tiempo, una forma abiertamente irracional, como ocurre con el misticismo hippie o new age, o con el fundamentalismo grosero del ISIS.
Cegados por la esperanza, los críticos prefieren creer que siempre habrá una resistencia a este proceso de creación sostenida de riqueza. En realidad, las evidencias indican lo contrario. Al igual que el fundamentalismo islámico es, a su modo, un aliado más en el proceso de avance y desarrollo capitalista, muy pronto veremos caer a Corea del Norte y otras zonas provisionalmente ausentes de este gran festín, cada una de ellas cobrando un papel que aún está por asignar. El antiguo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ya sugirió que en la República Popular hacían falta más hoteles y menos bombas de destrucción masiva. Incluso las recientes reformas internas de Kim Jong-un, semejantes a las de Raúl Castro, buscan mayor apertura comercial para controlar los mercados negros que crecen, cual tumores imparables, dentro de sus regímenes-museo. En general, no es verosímil que interés o factor antagonista alguno interrumpa estas tendencias. De hecho, cualquier disidencia anticapitalista acaba por tomar, al poco tiempo, una forma abiertamente irracional, como ocurre con el misticismo hippie o new age, o con el fundamentalismo grosero del ISIS. De un modo u otro, en pocas décadas tales movimientos son cooptados, ya sea mediante su mercantilización directa o por su contribución indirecta a nuevas líneas de desarrollo.

Pese a todo, echando una mirada al pasado, la conquista de la Tierra por parte del capitalismo nos sigue pareciendo una hazaña. Partiendo de un origen humilde y confuso bajo el amparo del absolutismo, el feudalismo y el mercantilismo, el capitalismo ha soportado dos guerras mundiales, reacciones conservadoras, una guerra fría, multitud de resistencias locales y un sinfín de revueltas obreras. De hecho, ha acabado integrando el sindicalismo en su día a día, hasta el punto de que alemanes o suecos lo exportan, como parte del buen funcionamiento de una empresa, al abrir divisiones u oficinas en el extranjero. El resultado siempre fue el mismo: el capitalismo se impone, acaba con el hambre y crea millones de personas de Clase Media. Lo que es más curioso: allá donde otros sistemas necesitan aparatos de propaganda, líderes carismáticos, una Iglesia y opresión y violencia política a raudales, el capitalismo sobrevive a una libertad de prensa cuyo resultado es una opinión pública adversa, reticente, que no deja de considerar al capitalismo como algo intrínsecamente ligado a la maldad y el vicio.


Este texto es parte de nuestro libro Ultrarracionalismo, que desarrolla los postulados filosóficos del movimiento.

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