Una primavera sin coches

Al librarse de la tiranía de los conductores, las calles quedan aptas para la vida. Hasta ahora esta idea solo la podíamos comprobar en películas viejas, donde se ve a la gente pasear por cualquier lado, o en Cuba, donde la vida en la calle (en toda la calle, no en los límites de la terraza del bar) es una seña de identidad.

Hoy la pandemia nos lo ha permitido ver también en nuestras ciudades. Hemos vivido ya seis semanas sin automóviles, y ahora que por fin podemos salir, nos permitirá durante al menos otras tres disfrutar (en la medida de lo posible dadas las circunstancias) de una primavera sin automóviles, con aire limpio, espacio en las calles y sin ruido. La clave es: ¿valorará esto la ciudadanía?

El automóvil tiene dos características principales que son la causa de su éxito: la dispersión y la imperceptibilidad de sus impactos negativos. Por una parte sus ventajas se concentran en una persona, quien conduce, pero sus inconvenientes se diluyen entre muchas, toda la sociedad. Mientras que una parte de la población siga usándolo indiscriminadamente, el gesto individual es inútil. Por otra parte, la ciudadanía ni siquiera es muy consciente de sus desventajas, las da por inherentes a la ciudad, y por tanto imposibles de cambiar.

La situación actual añade un punto negativo y otro positivo al automóvil. Por una parte leemos que “la contaminación del aire es un factor de riesgo importante y contribuye a las principales enfermedades crónicas que aumentan la gravedad y el riesgo de muerte por covid-19.” Parece, pues, que la ausencia de coches durante el estado de alarma es uno de los factores para haber conseguido aplanar la curva en las grandes ciudades. Por otra parte, en una situación de distanciamiento social el transporte público es un foco obvio de contagios, mientras que el automóvil permite aislarse a quien lo usa. Eso sí: dejando menos espacio a quienes no.

Estos dos puntos comparten las dos características que hemos comentado arriba: el conductor disfruta de la ventaja palpable y obvia del distanciamiento social, y “externaliza” las desventajas etéreas que saltan a la vista de mayor mortandad y menor espacio para el resto de personas.

Volvemos a la pregunta inicial: ¿esta situación conseguirá hacer obvios los inconvenientes del uso masivo de automóviles? Es decir, ¿romperá con la dispersión y la imperceptibilidad de sus impactos negativos? Aunque la ciudadanía tuviese una iluminación y se propusiera abandonar el uso del coche, es imposible. Las ciudades españolas llevan medio siglo siendo construidas para el automóvil, por lo que muchas personas se ven en la necesidad de usarlo. El urbanismo de las últimas décadas ha estado parcelando el suelo en en zonas de ocio, residenciales y de trabajo distantes entre sí, entre las cuales es muy complicado desplazarse en transporte público, y prácticamente imposible en bici, pero es muy sencillo hacerlo en coche. En Madrid, por ejemplo, al Santander, BBVA o Telefónica se les ocurrió (y se les permitió) hacer mega ciudades de negocios fuera del casco urbano, alejadas de cualquier otra cosa, siempre y cuando pasara una autopista cerca. De esa manera es imposible crear una red de transporte público interconectada y cómoda, lo que, unido a las grandes ciudades dormitorio de la periferia dejan casi la única opción del vehículo privado para desplazarse. Las radiales y circunvalaciones y las inhabitables PAU de la era de la burbuja son otra muestra de esta apuesta de las administraciones por el automóvil.

Madrid

Si nos fijamos en las ciudades estadounidenses nos daremos cuenta del fracaso al que están abocadas. La planificación salvaje hacia el automóvil ha hecho una parcelación del suelo aún mayor que en España, y su dispersión hace prácticamente inviable cualquier otro medio de locomoción, hasta el punto de que los sistemas de transporte público en la mayoría de las ciudades han decrecido entre los años 1900 y 2000. Las urbes de Estados Unidos van a quedar pronto obsoletas e inservibles por su incapacidad para asumir la movilidad de las personas en una época de escasez energética, aumentando los graves problemas que ya sufren de segregación racial y económica. La única solución que tienen es la que ya practican: tiranizar al resto del mundo para asegurarse un buen trozo del pastel energético y oponerse a cualquier restricción intergubernamental a la contaminación. La dispersión de impactos negativos de nuevo, pero a nivel planetario.

La única solución para acabar con la dependencia del automóvil en las ciudades es dejar atrás la parcelación de la ciudad, lo cual solo se puede cambiar a largo plazo con voluntad política. Sin embargo, este tipo de iniciativas están aún lejos de entrar en el debate político. A ver quién es el partido que le dice al Santander y a Telefónica que desmantelen sus suntuosas ciudades-negocio, cuando están dispuestas a sufragarte la próxima campaña política. Por otro lado, la derecha tradicionalmente ha hecho suya la dispersión de impactos negativos del automóvil, identificándola con “libertad” y minimizando el etéreo coste social. Es su particular populismo, que hoy vemos de manera similar en la reivindicación de libertad respecto a la pandemia: que nadie te diga si tienes que salir o quedarte en casa. En Estados Unidos, manifestantes armados han exigido que se ponga fin a las medidas de distanciamiento social. En Brasil, donde el presidente del país se ha unido a las protestas en contra de las medidas, algunos centros comerciales han reiniciado su actividad. Por su parte, la izquierda, aún idealista, es incapaz de aceptar que la ideología del Pueblo, el sentido común, siempre va al remolque del progreso excepto en situaciones excepcionales, y que por su cuenta nunca va a optar por abandonar el automóvil. El tímido intento de Madrid Central, que gentrificaba más que restringía, es prueba de ello. Y en cualquier caso, una empresa del tamaño que aquí se requiere, eliminar la parcelación del suelo y hacer una ciudad mixta, lleva décadas de trabajo inasumibles en una democracia que tiene que rendir cuentas cada cuatro años.

Pero tal vez esta sea la situación excepcional que el Pueblo necesita para abandonar el automóvil. Estamos ante la vida y la muerte de miles de personas, y a todas nos ha tocado la pandemia de una manera u otra. Ello puede romper de una vez con la dispersión y la imperceptibilidad de los impactos negativos del automóil. Tenemos que repetirlo: coronavirus y contaminación es un cóctel fatal. Ese automovilista que ruge solitario está aumentando la gravedad y el riesgo de muerte por covid-19 de toda la ciudadanía. Ir en coche ha de empezar a ser motivo de exclusión social. Conducir mata.


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