Sobre “El útero forzudo del precariado”


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3 de febrero de 2009. James (derecha, tras el cristal) escribe en la casa de Anónimo García tras los acontecimientos narrados en “El útero forzudo del precariado”.

-Hay que hacer algo con James, que se pasa el día ahí sentado.

Lynn, mi compañera de piso, pronunciaba estas palabras entre el reproche y la risa. Efectivamente, James Doppelgäger llevaba dos semanas sentado en el salón de mi casa, en un extremo del sofá, al lado de la puerta del jardín, con el ordenador ora sobre el regazo, ora sobre el posabrazos, tecleando con dos dedos. Sólo cambiaba de ubicación para comer y, por tanto, también para defecar, etcétera.

Estaba escribiendo el último de los emails que hemos rescatado Homo Velamine 11: El útero forzudo del precariado.

A mitad de camino entre el delirio y el desternille, esta historia es completamente real, tan real como solo le puede pasar a James. Como él mismo confiesa, tiene el síndrome STA, lo que le hace ir al hospital un par de veces al año. No para curarse del síndrome, sino para curar sus repercusiones: hematomas de golpes y cosas así. En el año y medio que pasamos juntos en Londres le pasaron las más diversas desgracias, incluyendo un polaco gigante persiguiéndole por el pasillo con una sartén, que le pillasen robando unos limones y le hiciesen firmar una hoja de que no iba a pisar nunca más un Sainsbury’s, ir a una fiesta de solo negros malos un martes a las 3 de la mañana, y otras más graves que me callo por preservar su intimidad. Y la historia que nos ocupa, en la que James aterriza como nanny en una familia de dos lesbianas con cinco hijos.

Había conocido a James unos meses antes. Le acogí en mi casa sólo guiado por un escrito semejante a éste. Como un Ignatius J. Reilly cualquiera, James se ve obligado a entregar su carne al capitalismo, y luego lo escupe sobre Hotmail como si fueran hojas del cuaderno Gran Jefe. Yo, como su madre, le pido que abandone mi habitación (sólo iluminada por un tragaluz que daba al salón, sólo ventilada por una rejilla que daba a la basura de reciclaje, y cuyo suelo ocupábamos por completo entre mi cama y su colchón hinchable) y se busque una ya. Pero él tiene aún que abrir su píloro y necesita dos semanas de descanso tras el estrés hasta ponerse a hacer algo que no sea escribir. La diferencia es que todo esto es realidad, lo cual lo hace más increíble.

Si Ignatius es un erudito medieval en manos de Nueva Orleans, aquí James es un gracejo gaditano en manos de Londres. La urbe es, ciertamente, capaz de lo más sublime y lo más perverso, y James retrata con delirio su lado más amargo. Como contrapunto, mi amigo Nacho, al que también acogí en mi casa y estuvo deambulando a su aire por la ciudad durante un mes, reencontró aquí la fe, y ahora es felizmente un sacerdote. En Londres, hay para todos los gustos, oiga.

Pero Londres no es el tema principal, sino su escenario. En El útero forzudo del precariado James habla con su particular lucidez ultrarracional de paternidad, de masculinidad, de homosexualidad y de mundo moderno. Todo con humor, amor y amargor, según iban sucediéndose los acontecimientos. Este es, tal vez, el escrito que habría de publicarse al final de su brillante carrera, dentro de 40 ó 50 años, pero que le ofrecemos aquí, ahora. El futuro está en sus manos.

El número 86 de Milton Groove, en Stoke Newington, donde James se curtió como nanny.

 

 


Acerca de Anónimo García

Ultrarracionalista, determinista-libertario, exterminista-humanista, misfilántropo y moderno pero español. Me dedico a la comunicación en todos sus ámbitos, especialmente el visual, en el que destaca mi perfecta y característica ejecución del corte de mangas. He sido galardonado en varias ocasiones, entre las que se encuentra el premio al número ganador en una rifa de mi colegio; y tengo el honor de haber confundido “humper” con “hamper” en el texto de uno de mis diseños. Más en www.anonimogarcia.com

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