Yo abrí el primer prostíbulo para perros

“Prostíbulo para perros”, decía un anuncio en el Village Voice en febrero de 1976, “con una sabrosa selección de putas calientes…” A la vez que el anuncio, la prensa recibió un comunicado con la apertura de la casa de citas canica. “Si tu perro se ha graduado en la escuela de entrenamiento, si era su cumpleaños, o si simplemente estaba cachondo, por 50 dólares puedes gratificarle sexualmente.” No era un servicio de cruzamiento, sino de puro placer sexual.

El teléfono sonó inmediatemente: cientos de personas querían hablar con el único chulo de perros de Nueva York. Las llamadas no eran solo de clientes genuinos deseosos de pagar los 50 dólares, sino que también había quien quería mantener u observar relaciones sexuales con perros. El chulo, Joey Skaggs, grabó todas esas llamadas.

Cuando fue contactado por la prensa, Skaggs reunió a 25 actores y 15 perros y recreó un burdel canino en un apartamento del SoHo. La performance incluía modelos junto a perras con atuendos similares, y clientes con perros a la espera de ver a las “putas”. Su amigo Tony Barsha se hizo pasar por un veterinario que, al ser entrevistado, explicó que inyectaban a las perras una compuesto llamado Estro-dial para “calentarlas” artificialmente. Cuando llegaba a ese estado le daban un anticonceptivo llamado Ovaban, de modo que no había riesgo de paternidad.

En la performance hubo una charla sobre las técnicas de cópula canica, y los clientes rellenaron un cuestionario sobre la edad, historial médico y preferencias de prostitutas de su perro. Unas camareras sirvieron cocktails. Se acicaló a los perros antes y después del sexo, y se tomó una foto-regalo de cada perro en el acto.

A los periodistas de Midnight Blue, un programa de sexo, que creían que lo habían visto en lo referente a perversión sexual, la idea de un lugar donde las perras fuesen prostituidas por dinero les pareció repugnante. Para asegurarse que su audiencia se llevaba el mayor impacto, se pusieron de rodillas y grabaron los encuentros desde el punto de vista canino. Por supuesto, no hubo sexo real en ningún momento. Como cualquiera que haya convivido con un perro sabe, un can excitado embiste al aire en cuanto le aprieta la libido.

La performance apareción en la televisión y la prensa, lo que avivó la indignación pública. El SoHo Weekly News dio la noticia dos veces. En la segunda entrevista, una semana después de que apareciera el primer artículo, el periodista sospechó que era un bulo. Pero la historia era tan buena que acató la petición de Skaggs de continuar con la farsa.

Cuando WABC TV llamó diciendo que querían hacer un documental sobre el burdel, Skaggs concedió una entrevista en Washington Square Park, pero no les llevó al lugar argumentando que se había vuelto clandestino debido al acoso. En su lugar les cedió el material grabado anteriormente, después de avisar al productor de Midnight Blue, que decidió sumarse a la broma con regocijo.

La pieza de WABC TV pintaba a Skaggs como un despreciable chulo de perros que explotaba animales inocentes por dinero. Esto inflamó a las autoridades, a la protectora de animales, la policía de Nueva York, el ayuntamiento y varias organizaciones religiosas y humanistas, que se demandaron el cierre del prostíbulo canino de Greenwich Village. Por último, una citación judicial del fiscal general, junto a 2 dólares para un taxi, llegó a la puerta de Skaggs.

El 1 de abril de 1976, en respuesta a la citación, Skaggs dio una rueda de prensa en la oficina del fiscal general. Anunció que todo había sido una pieza de performance conceptual y que todo había sido un bulo. Le obligaron denegarlo bajo juramento y el caso se desestimó.

WABC TV nunca se desdijo de la historia, dejando a millones de personas creer la existencia del prostíbulo para perros. Cuando luego le preguntaron sobre el tema, el productor argumentó que Skaggs había dicho que era un bulo para evitar la causa judicial. Puede que esta persistencia fuera porque su reportaje había ganado un premio Emmy.

Se debatió mucho sobre el prostíbulo canino en los medios de comunicación. El mito continúa hoy. En un libro titulado The total dog book, de Louis L. Vine, hay una sección que aún informa al lector de que en algún lugar de Greenwich Village hay un lupanar perruno.

 

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